domingo, 15 de marzo de 2015

Nueve.

Hoy he aprendido que no debería mirar nada con los ojos de hace un segundo, que mi hermana ya no es una niña, y además se maneja casi mejor que yo en esto de vivir. Nunca había tenido la impresión de que la familia fuera algo más que la aspiración utópica de una sociedad en la que pisar al de al lado vale más que cogerle de la mano, un refugio imaginariamente seguro para una realidad feroz. 
Y sin embargo, hoy me encuentro con que esa personita a la que le tiraba de las coletas hasta hace dos minutos, hace un minuto me ha mirado con más madurez que la que yo alcanzaré nunca, y hace un segundo me ha tendido la mano demostrando que está ahí. 
Y que va a seguir conmigo.
Puede que el cinismo sea un buen compañero de viaje, pero qué gusto da joderle vivo.

También he aprendido que no debería mirar nada con mis ojos, porque nadie más lo hace. 
Y que al mismo tiempo nunca debería mirar nada con otros ojos, porque nadie mirará con los míos. 
Porque qué sería del mundo sin ese duendecillo tan simpático que me anima a quemar cosas.

También he aprendido que los abrazos de cinco minutos pueden materializar un "te he echado de menos". Que hay pedidas de matrimonio gusaniles que valen mucho más que cualquier viral moñas. Que una cama y dos respiraciones pueden ser todo lo que hace falta. Que nada se amolda a mi cuerpo como sus manos.
Maten a cosquillas o caricias. 

Y por último he aprendido que no debería hacer mucho de lo que hago. Pensar mucho de lo que pienso. Sentir mucho de lo que siento. Pero precisamente porque sé que eso va a seguir pasando, sin que yo pueda hacer realmente nada para evitarlo, he aprendido que no debo de olvidar todo lo que he aprendido. Porque hasta hace veinte minutos estaba escribiendo, bastante cabreada sobre lo imbécil que puede llegar a ser. Porque otro récord no tendrá, pero en el de sacarme de quicio es inigualable. 
Y entonces me ha saltado "Temple of thought" de fondo. Y los recuerdos se me han escapado hasta de entre los huecos de los deditos de los pies. Y de aquella vez en su cocina he ido saltando de noche en noche, mientras sonaba de fondo la lista de reproducción de Poets of the Fall, y de principal, mi boca contra la suya. 
Y es que mira que es imbécil, pero no voy a olvidar lo que he aprendido. 
Que las rabietas de niña tonta por su culpa son lo mejor que puede haber. 
Que imbécil y todo, se quede, porque para reina de los imbéciles ya estoy yo.

#100happydays

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