jueves, 9 de abril de 2015

Dieciocho.

Maquinar planes está infravalorado.
MUY infravalorado.
Maquinar planes es la salsa de la vida.
El yin del yan. 
El je ne sais quoi.
En serio, la gente debería maquinar planes con más asiduidad.
Y así llegar a catar ese estado de felicidad máxima cuando, sin querer, todas las piezas encajan solas, sin un chirrido, como predestinadas a encontrarse.
Clic.
Maquinar planes está infravalorado.
Debería dedicarme a esto, joder.

PD: leer una "crítica" tan adorable como la del otro día también lo está. No sabrá que lo digo por ella, porque tampoco sabrá que leí sus mensajes. Pero a mí me llegó al alma.

#100happydays

lunes, 6 de abril de 2015

Diecisiete.

Hoy es seis.
Y todo lo que he hecho ha sido estar tirada en su cama.
Y... Sentir.
                  Le.
                        Me.
                               Nos.
Y joder, que no sé ni cómo deciros que es mejor que todo. 
Que lo que queda es ruido de fondo.
Que la gravedad se tuerce hacia sus pestañas.
Que quiero un millón más.
De besos, de noches, de años... Como para saberlo. Pero que un millón más.
Hacía cerca de dos años y pico que no iba a uno de sus ensayos con más música que la suya o la de su hermano, y sigo quedándome embobada con cómo sus manos acarician a la guitarra. La diferencia es que ahora soy consciente de que sólo le he visto usarlas de esa manera en ella y en mí. 
Y ni os imagináis hasta que punto me hace sonreír eso mientras apago la luz y me tapo con las sábanas. 

#100happydays



domingo, 5 de abril de 2015

Dieciséis.

Puede que haya visto demasiados caps de Bakuman seguidos.
Puede que lleve demasiado rato leyendo "#soyidhunita".
Puede que tenga demasiado tiempo libre para pensar.
Puede que tenga tantas ganas de comer chocolate que alguna que otra neurona se me haya descarriado.
Puede ser.
Pero qué ganas tengo de que me explote todo en la cara. De que la cuenta atrás termine, y todo estalle a mi alrededor, y dentro de mí.
Quiero mis proyectos. Volcarme en ellos, olvidar una realidad que no sea la que escapa hecha tinta de mis manos. 
Quiero cerrar bocas. Una detrás de otra, con mi media sonrisa como hasta nunca.
Quiero esta primavera. Y este verano. El invierno que viene, lo quiero todo. 
Y no quiero esperar más.
2015 tiene la posibilidad de empezar una nueva candidatura, la de "buen año". Espero que no lo desaproveche.
Mientras tanto, Abril, ven aquí, que mañana empezamos contigo...

#100happydays

martes, 31 de marzo de 2015

Quince.

Estos últimos días han sido una locura de idas y venidas, en general. 
Y en lo particular de mis pestañas.
Tengo las manos suaves y la cara áspera. Y el humor merodeando entre ambos, sin saber a quién atacar primero.
Hoy ha hecho sol, como casi todos estos días. Pero a diferencia de los anteriores, hoy lo vi tras el cristal, suspirando por una brizna de aire fresco, en vez de volando sobre los haces de luz.
Llevo unos diez minutos en guerra con mis párpados, y se me ha hecho una eternidad, pero yo había venido a hablar de seis segundos. De las palabras que aquellos segundos contuvieron.
Recuerdo cuando me levanté el domingo por la mañana, con a penas cinco horillas de sueño a la espalda y medio pie ya en la calle. Recuerdo abrir el móvil, como todas las mañanas.
Recuerdo cómo se me paró el corazón. Durante seis segundo enteros.
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. 
Y entonces empecé a llorar, mientras la sonrisa se me salía de la cara y se despatarraba de mala manera por la almohada,a mi lado, con lagrimillas ella también.
En principio, alguien podría pensar que son sólo palabras. Pero cualquiera que piense eso es sencillamente idiota, en principio y en final.
Esas palabras lo fueron todo. Lo son todo. Aún sigo aferrándome a ellas, y no creo que me suelte con facilidad.
Universo, karma, vida... Gracias. De corazón.

#100happydays

jueves, 26 de marzo de 2015

Catorce.

Siempre estoy en el sitio correcto, en el momento equivocado.
Siempre hago las cosas al revés en la dirección exacta.
Siempre me encapricho por los pies.
Siempre me pierdo con toda lógica.
Siempre he fallado con total puntería.
Siempre he metido la pata.
Hasta el puto fondo.
Y de repente ayer...
De repente ayer no.
Sólo eso. No.
Veía la caída libre delante mía, y sabía que no quería dejarme caer.
En el fondo.
Quería saltar. En mi propia dirección. En mi propia decisión.
En mi corazón.
Y por primera vez en toda mi vida, cogí la puerta y me largué de unos ojos que no me miraban como yo quería.

Y hoy llegó mi recompensa. La razón de mi forma de actuar. Mi sentido. Y con sólo un abrazo, entendí por qué nunca había dejado pasar la oportunidad.
Y por qué esta vez no hubiera podido hacer nada sino echarla a patadas. 
En su cama, le miré, y me di cuenta de lo que había hecho. De lo que significaba y suponía para mí, de Marina a Marina. Y me sentí increíblemente vulnerable. Fue entonces cuando me abrazó y me atrajo hacia sí. En ese momento, todo estuvo bien. Creo que nadie nunca debería tener todo lo que desea en esta vida, porque entonces lo único que le falta es perderlo. Pero me encuentro en el penúltimo de los pasos, y de tener que morir, ya moriré mañana.

"-¿Tú no te vas a marchar, no...?
-¿Cuántas veces me has preguntado eso ya? No...
-¿De verdad?
-¿Y eso? ¿Cuántas veces más me lo vas a decir? Sí...".
Al menos, una más.

#100happydays


domingo, 22 de marzo de 2015

Trece.

Tengo que escribir una entrada tan bonita, que llevo diez minutos sonriendo, mientras pienso en cómo hacerlo, en cómo haceros sentir que el mundo es infinito, y he acabado perdiéndome en el recóndito más pequeñín de mi cabeza. Ahí, donde sólo cabe lo especial.
Y he llegado a la conclusión, de que no puedo.
Y me frustra, porque en qué clase de escritora de pacotilla me convierte eso.
Y me chifla, porque en qué puta maravilla se ha convertido esto llamado mi vida.
Aterrizar en sus manos y ver su cara pachucha. Y saber que enfermera o no vas a invocar al mismísimo Sauron con tal de hacer que se sienta un pelín mejor. 
Rebotar de repente de habitación en habitación
de la cocina al salón; del salón a su cuarto;
y se siente algo mejor.
¡Uy! Un besín.
¡Uy! Un abracín.
"-Te quiero tanto...
-No sabes lo que me haces sentir cuando me dices eso.
-Pues no..."
Pues mal vamos, porque esa sensación no cabe en ninguna palabra. 
Supongo que es sólo mía, para siempre.
Pasar de Death Parade a Batman puede resultar extraño, pero lo cierto es que ambas son buenas opciones para un sábado de mimitos por la noche. 
Cuando alguien te abraza durante más de una hora seguida por detrás, viendo una película y con dolor de tripa, hazme caso y no le dejes escapar.
Sobre todo si esos abrazos te hacen sentir calentita.
Protegida.
                  Valorada.
                                    Querida.
                                                    Feliz.
Y ya si ves que te besa aun cuando eso le revuelve la tripa, por ti, y porque no puede no besarte...
Leerle a tu muso las comas que te inspira es  el culmen de todo compositor de palabras:
"Te quiero a ti.
Me pregunto si me quieres a mí.
*Señalo con el dedo esta última frase, que clama por una respuesta*
-Pero si ya te lo he dicho.
-No me has dicho na...".
No puedo terminar la palabra, porque él ha cogido el ratón, y me ha subrayado un par de líneas en las que nos cito de algún día anterior: 
"-Te amo.
-Yo también a ti, cielo".
No sé ni como empezar a decir que el aire me sabe a caramelo al entenderlo todo. Que sólo quiero sus manos por las sombras de mis pecas, adorarle hasta el fin del mundo.
Y en ese momento me enamoré un poco más de él.
Al final nos rendimos a las sábanas, a la calidez de nuestros cuerpos hechos un lío de esos imposibles de desliar. Lo último que recuerdo fue su respiración sobre mi nariz, haciendo danzar un mechón de pelo.
Y una noche así es como hacen las paces dos imbéciles cabezotas y orgullosos tras una semana de ser jodidamente cabezotas y orgullosos.
Cuando he despertado esta mañana, estaba acurrucadita en su pecho, hecha una bolita, con sus brazos a mi al rededor. De hoy en adelante soy la persona con más voluntad sobre la faz de la tierra, al haber sido capaz de salir de ahí. 
Porque no sabéis lo que es decir que no a su cabecita girando como una loca para que no me marche.
A sus ruiditos de protesta.
A su mano enterrando la mía bajo él para no dejarme salir.
No sabéis lo que es estar escribiendo esto, darte cuenta de que estás sonriendo y de que una lagrimilla se te escapa por la comisura de las pestañas.
O puede que sí.
Puede que todos lo sepáis.
Ojalá.

Mañana empiezo a trabajar con personas en mis manos. Y estoy acojonada. Pero tengo ganas de saltar tan fuerte que ni la gravedad pueda conmigo.
Ahora entiendo a todos esos locos que decían que la vida puede ser una puta maravilla.

#100happydays

Doce.

Hay días que son lluviosos. Y personas que son lluviosas.
Hay lluvias de roces.
Con la boca. Con las manos.
Hay lluvias de escalofríos.
En la espalda. En el cuello.
Hay lluvia de la normal, húmeda, proveniente de las nubes. E idiotas dispuestos a besarse bajo ella. 
Ven, que quiero ser idiota.

El miércoles acabaron las clases, y descubrí que siempre que estés con la gente adecuada, no importa estar rodeada de viejecitos treintañeros que beben vino. Si la gilipollez y el desenfreno están asegurados, todo termina a carcajadas.
Además de que las horas pueden perseguirte entre sus sábanas. Y terminar tan dentro que todo se vuelva negro, como sus ojos cuando no hay sol, noche en sus pupilas.
El jueves miré a mi padre. Y sé que no está bien hacerlo sólo porque fuera 19 de marzo, pero lo único bueno que tienen todos esos días que el estado decide dejarnos descansar en nombre de algún colectivo merecedor de atención es pararse un momento a pensar en dicho colectivo, dentro de esta vida que pasa a la velocidad de la luz a nuestro lado, abarrotada de cosas sin significado. 
El jueves miré a mi padre, y vi a una persona cansada. Alguien que toda la vida ha perseguido algo, sin saber exactamente qué, en busca de lo que todo el mundo le ha dicho que tiene que buscar (casa, cochazo, televisión de plasma por cable, trajes caros y una imagen familiar adorable para las felicitaciones navideñas), por un medio que no le satisface individualmente, y que a un paso de los 50 le hace preguntarse qué hace con su vida. Lo miré, y me dio lástima. Y sentí que debía de estar más ahí para él, para hacer que todo le supiera menos vacío. Y a su vez, que en lo que dependa de mí a título personal, evitaría tomar todas aquellas decisiones que me pudieran llevar hasta la casa, el cochazo, la televisión de plasma por cable, los trajes caros y la imagen familiar adorable para las felicitaciones navideñas, así como a estar a un paso de los cincuenta y no sentir más que vacío.
Empecé aquella misma tarde, porque recibí un mensaje y mis pies echaron a andar cuesta abajo, sin pararse a preguntarme si quiera. 
Se detuvieron frente a su puerta, cómo no, pero lo que encontraron no fue lo esperado.
Cuando una persona tiene demasiadas cosas encima, hasta el más mínimo roce puede hacer que todo explote, violento, contra las ventanas. Puede volverlo todo añicos, y enterrar las sonrisas en lo más hondo de una boca, hasta el punto de que sólo puedan salir a arcadas.
Y en lugar exacto de la escala emocional se encontraba cuando llegué hasta él. Pero dos años dan para mucho, así que sencillamente esperé mientras ojeaba un libro, sentada en la cama con su super bata.  Esperé mientras se desesperaba con la inscripción de aquel concurso. Esperé mientras discutía con su hermano. Esperé mientras se desahogaba. Y cuando al final me miró, le abrí los brazos para que lo dejase todo fuera.
Porque incluso los mejores refugios necesitan un lugar seguro de vez en cuando.
Vimos Kiseijuu y Tokyo Ghoul como buenos frikis que somos, y cuando ambos caps acabaron y nos tiramos en su cama, llegaron las sonrisas. Y a mí me podéis intentar convencer de lo contrario, pero creo que no hay mejor sensación en este mundo que la de hacer sonreír a una de las personas de tu vida. 
"No cambiaría una noche aquí contigo por estar viendo las auroras boreales".
Aquella noche no pude quedarme, pero me marché con una pinky promise que no voy a olvidar; ir algún día a ver las auroras al polo Norte. Juntos.
El viernes empezó de mal en peor. Corriendo en todas direcciones y haciendo malabares entre quince mil proyectos, a cada cual más difícil de manejar que el anterior. 
Finalmente, llegué al ensayo, tras un tour precioso por Madrid, y después nos fuimos al concierto de unas chicas. Y casi tocamos nosotras. Y no sé quién lo hubiera hecho mejor (je, je).
Recuerdo que al entrar al concierto, él vino derechito hacia mí, con sus pintas de rockerillo trasnochado, me cogió en brazos, y me besó dulce. Y qué falta me hacía. Llevaba una semana tan hasta arriba, y un día más saturado incluso, que su boca fue como un ansiolítico. Pero eso fue todo. Aquella tarde no habló más conmigo. Y aun a sabiendas de que estábamos todos con todos, me entristeció. Porque yo estaba con todo aquello entre manos... Y él nada.
Tras el concierto, nos fuimos a cenar, y tras la cena, le estallé un poco. Y él me estalló a mí. Porque si hay una buena definición para nosotros es que somos como dos bombas en los últimos segundos antes de la explosión. Desenfrenados y peligrosos. Y lo que me gusta, qué. 
Nos fuimos cada uno por un lado, cabreados, y yo me refugié con mis nenas, dentro de aquel cochecito rojo. Hablamos mucho. Tanto que sin quererlo se nos escapó la noche. Pero nos hacía falta. A las tres, que es lo peor. Cómo podíamos encontrarnos en el mismo vacío de mundos diferentes. Si al final iba a haber sido el destino el que nos había juntado. Pues que no venga a joder en un futuro, yo a ellas no me las dejo en ningún camino.
Cuando al final entramos en la casa donde estaba todo el mundo, le vi al fondo, sentado en una silla. Me le quedé mirando, y sentí que no merecía la pena. Ningún enfado, ninguna rabieta... Nada de todo eso. Y entonces él levantó la vista y también me miró. Y una sonrisa minúscula se me apostó sobre los dientes. 
Y por una vez (y sin que sirva de precedente) hice las cosas bien. 
Crucé el salón hasta sus piernas, y le pedí perdón a susurros suaves en su oído. 
"-En realidad sólo quería que vinieras y me dieras un beso en la mejilla.
-Pues haberlo dicho, tonta".
Y me abrazó, recomponiéndome por dentro.
No mucho después, las chicas se marcharon, pero yo me quedé allí hasta que la película que estaban viendo terminó, porque quería pasar algo de tiempo con él, aunque sólo fuera el camino de vuelta a casa.
Y efectivamente, las calles estaban frías y húmedas, pero él me llevó del brazo por toda aquella cuesta. Y cuando me tuvo cara a cara en mi puerta, lo que me dio fue piel a piel. Y le dieron por culo al frío y a la humedad, porque sólo estaba él.

Ya en la cama me puse a pensar en una cosa que había dicho una de mis amigas: "es que me pregunto si hay alguien que vaya a estar para mí, como yo estoy para ellos, al 100% siempre, sin ningún tipo de pero. Y estoy empezando a sentir que esa persona no existe".
Y todas asentimos tras esa afirmación.
Y todas fuimos imbéciles.
Claro que existe. Somos nosotras.

#100happydays